Nuestro amor fue uno de esos amores cibernéticos que están tan de moda. Un
día me metí en un chat, con el único fin de entretenerme una noche fría de invierno y, ahí estaba él, la persona de la que, unos meses después estaba totalmente enamorada. Él vivía en Asturias y yo en Murcia y decidimos encontrarnos por primera vez en territorio neutral: en Tarragona.
Nuestra primer fin de semana romántico fue en la localidad de Tortosa, una de las ciudades más antiguas de Cataluña. Quedamos delante de la catedral para después, marcharnos a nuestro nido de amor, un hotel romántico que fue testigo de nuestros primeros besos.
Nos alojamos en el Castillo de la Zuda y, nada más llegar, al contemplar aquellas extraordinarias panorámicas desde las aldeas nos dimos cuenta de que aquel era el lugar ideal para disfrutar el uno del otro, para conocernos en initmidad.
Este hotel nos deslumbró por su belleza, su historia y su originalidad. Cuenta con un inmenso patio de armas, rodeado de fuertes murallas desde donde se puede ver el río Ebro. Cogidos de la mano contemplamos el corazón de Tortosa desde las alturas: la antigua judería, la catedral, los restos de la ciudad medieval…
Como aventureros, como dos niños traviesos, quisimos inspeccionar el pozo que se halla en el patio del parador, al que pudimos acceder fácilmente por una rampa y en cuyas galerías se conserva la tahona donde antaño elaboraban el pan, la almazara para el aceite y los almacenes de alimento que garantizaban aguantar un prolongado asedio.
El encanto del hotel lo completan los salones, que evocan la cautivadora historia de Tortosa. Sin duda esta será una historia que contaremos a nuestros nietos.



