Fue el año pasado, justo por estas fechas. Queríamos aprovechar el Puente de la Constitución pero, como siempre, lo dejamos todo para le último momento. Así que, cogimos el coche y condujimos sin rumbo fijo… hasta llegar al bello pueblo asturiano de Cangas de Onís.
Nada más bajar del coche, quedamos anonadados con el encanto de aqulla localidad, sita al pie de la montaña de Covadonga. Sobre las frías aguas del río Sella se erige, majestuoso, el puente más emblemático de Asturias, de origen medieval.
Tampoco nos quedamos indiferentes ante la grandiosidad de la caverna que alberga el santuario de Covadonga, a pesar de que buena parte de esta cueva aún está por descubrir (en el siglo XVI se derrumbó parte de su bóveda interior). Perdidamente enamorados, nos
perdimos por oscuras galerías y calles interiores , bajo la romántica luz de las antorchas.
En el corazón de esta cueva nace el río Deva, cuyas aguas manan a los pies del famoso santuario en forma de hermosa cascada. Un paraje de ensueño como mis ojos nunca antes habían visto.
También quedamos estupefactos ante la fuentecilla milagrosa que brota de la roca, bajo una cruz asturiana que promete felicidad y matrimonio a los amantes que beben aquellas aguas. Huelga decir que nosotros así lo hicimos… y, hasta ahora, estamos siendo muy dichosos.
Al lado de esta fuente hay una escalera con más
de cien peldaños que conduce al santuario y la tradición dice que los peregrinos deben subirla de rodillas.
Uno de los momentos más hermosos de esta escapada romántica fue cuando descendimos en canoa el río Sella. Después de tamaña aventura, nos besamos y nos juramos amor eterno.

