Pocos viajes tan hermosos y románticos recuerdo como aquel. Como regalo por nuestro aniversario, mi chico me regaló un viaje a Carmona (Sevilla). Nada más poner un pie
en esta localidad a mitad de camino entre las ciudades
de Sevilla y Córdoba, nos quedamos asombrados por la belleza del lugar.
Carmona está situado sobre una colina que domina el curso del río Corbones. Es un sitio privilegiado, pues desde allí disfrutamos de una vista excepcional de toda la llanura andaluza del valle del Guadalquivir.
Tras recorrer juntos las encantadores calles de este pueblo, nos dirigmos al hotel, un encantador edificio que fue testigo de nuestro amor: el Parador Alcázar del Rey Don Pedro. Al estar emplazado en el palacio cristiano más emblemático de esta población hispalense, desprende romanticismo por los cuatro costados.
Nada más dejar las maletas en la habitación, corrimos hacia la terraza, desde donde contemplamos una bucólica y encantadora estampa: los exhuberantes jardines contribuyen al ambiente mágico y confortable de este parador.
De camino al restaurante donde habíamos de celebrar una inolvidable cena romántica, pudimos contemplar el salón Arija, un auténtico paraíso terrenal.
Tras la cena, volvimos a nuestros encantadores aposentos para disfrutar de una verdadera noche de amor. La luminosidad y el confort de nuestra habitación, junto con su decoración sobria y de estilo oriental (donde no faltan los mosaicos sevillanos y la sombra del arte nazarí) contribuyeron a que aquella fuese una de las noches más perfectas de mi vida.
Al día siguiente, nos levantamos temprano para visitar Sevilla, que nada tiene que envidiar a París como ciudad del amor: su catedral, la Torre del Oro, la Plaza de España… toda Sevilla está inundada de duende y de magia. Fue, sin duda, un viaje para recordar.
