Lo recuerdo perfectamente. Era su cumpleaños y, cuando llegó a casa, se encontró con las maletas en la puerta.
- Cariño, nos vamos de viaje – le dije. Y sus grandes ojos verdes, de pronto, se iluminaron.
Mi amiga Marta me había hablado muy bien de un pueblecito cacereño al que había ido con su marido. Así que, ni corta ni perezosa, lo cogí de la mano y nos subimos a un tren rumbo a Extremadura. Después de unas cuantas combinaciones de transporte, llegamos por fin a Jarandilla de la Vera, tierra de agua y nieve, de bosques, de mitos y leyendas y de parajes de espectacular belleza.
El romanticismo inunda las calles de esta localidad, que ha sabido mantener el ambiente medieval en su trazado urbanístico y en sus edificios. Admirando el castillo-palacio de los Condes de Oropesa jugamos a adivinar cuántos amores habrían surgido entre los bellos muros de piedra del monumento.
No teníamos más que dos días, así que había que aprovecharlos al máximo.
Durante el día, recorrimos todos los entresijos del pueblo y, por la noche, disfrutamos del romanticismo que nos ofrecía el Parador de Turismo Carlos V, un espectacular palacio-fortaleza, rodeado de legendarios olivos y hermosos naranjos, cuyas flores transmiten fragancias a azahar y que sigue manteniendo esa atmósfera de paz y tranquilidad, como si estuviese perdido en el tiempo.
Desde el patio central vimos juntos la puesta de sol, un patio de ensueño, repleto de palmeras que, unidas al verde de la hiedra, crean un ambiente
único para el amor
El segundo día lo aprovechamos para visitar el valle del Jerte, un paisaje sin igual donde sacamos unas maravillosas fotos que, una vez en casa, no podíamos dejar de mirar. Allí nos juramos amor eterno.
