Un viaje romántico a Jaén
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Fue al poco de conocernos. Éramos de ciudades diferentes y resultaba complicado, en ocasiones, vivir un amor a distancia. Por eso, las pequeñas escapadas románticas eran un soplo de luz, aire fresco para nuestra relación. Disfrutábamos estando solos, sin más compañía que la del uno con el otro.
Elegimos Jaén porque yo soy una enamorada de las tierras andaluzas. Por allí nos perdimos, paseando por sus hermosas calles, visitando la catedral, en el corazón de la ciudad antigua. También hicimos una parada en los Baños de Alí, que constituyen
la belleza del equilibrio espacial del arte civil de la Jaén islámica. Dichos Baños estaban situados en los sótanos del Palacio de Villardompardo, donde también se halla el Museo de
Artes y Costumbres Populares y el Museo Internacional de Arte Naïf.
Pasamos dos noches de ensueño en uno de los lugares más hermosos y románticos que mis ojos han contemplado: el Parador de Jaén. Allá, en lo alto, dominando la ciudad desde el cielo, está la antigua alcazaba musulmana que alberga en su interior el castillo de Santa Catalina. Nada más entrar en él quedamos extasiados ante la grandiosidad arquitectónica y escultórica del edificio y, estupefactos, contemplamos cómo convergen los arcos cruzados ojivales en el centro de la bóveda superior.
Mi chico me sorprendió con una exquisita cena romántica en el salón comedor, que cuenta con una gran chimenea medieval. Tras la cena, dimos rienda suelta a la pasión en los acogedores aposentos de ese Parador de Jaén, inmersos en la más hermosa de las paces.
Antes de despedirnos, contemplamos juntos desde la terraza la ciudad de Jaén, aquella que fue testigo del amor que nos profesamos.

